Caffarena contribuyó a la creación del Instituto Fe y Secularidad,
del que fue director de 1972 a 1986, espacio privilegiado de diálogo
interdisciplinar, crítico y autocrítico, con la Ilustración, la
secularización y las formas de increencia, donde se encontraban
filósofos, psicólogos, sociólogos, científicos o teólogos. En ese
contexto surgió unos años después el Foro del Hecho Religioso, que
Caffarena dirigió con el filósofo José Luis López Aranguren, donde se
daban cita anualmente intelectuales interesados por la significación
ética, cultural y sociopolítica del fenómeno religioso. Especial empeño
puso en el estudio de las Ciencias de las Religiones con la puesta de
marcha de un máster muy prestigioso en la Universidad de Comillas.
De 1969 a 1973 publicó la trilogía Metafísica fundamental, Metafísica trascendental y Metafísica religiosa (esta en colaboración con Juan Martín Velasco), que le convirtió en uno de los principales referentes de la renovación de dicha disciplina. Conocedor de las críticas hacia ella, sitúa el punto de partida de la reflexión metafísica en nuestra vida como realidad radical. El resultado es una “metafísica de sentido”, que subraya la doble dimensión de la razón, teórica y práctica, al tiempo que reconoce el primado de la segunda.
Incómodo con el papel auxiliar que la neoescolástica atribuía a la filosofía en relación con la teología, emprendió el largo y tortuoso viaje de la filosofía de la religión, que exigía reconocer autonomía a la filosofía y establecer un diálogo fecundo con la religión. Su aportación más relevante es El enigma y el misterio. Una filosofía de la religión, su obra cumbre, muy esperada por sus discípulos y seguidores, felizmente terminada a los 82 años y publicada por Trotta en una edición muy cuidada. “En este tema”, afirma, “he dedicado mucho tiempo de mi vida, por mi dedicación como docente de filosofía y, más, por concernimiento personal”. Enigma, misterio, sentido, religiones y esperanza son las claves hermenéuticas de esta magna obra, que retratan la personalidad intelectual y religiosa del autor: “El enigma que somos puede tener en el Misterio al que abren las religiones una clave para una esperanza fundada que puede dar sentido a las vidas humanas y alentar su quehacer en los complejos avatares del vivir en la tierra”.
La teología fue otro de sus centros de interés intelectual. El concilio Vaticano II fue un acontecimiento decisivo en su vida y en su pensamiento, que le puso en el brete de evolucionar, según confesó. Su reflexión teológica se orientó hacia la búsqueda del “verdadero cristianismo” caracterizado por la recuperación de su entraña humanista y de la dimensión “ético-agápica del Evangelio”, por utilizar sus propias palabras. Fue esa orientación del cristianismo la que supo infundir en la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, en cuya fundación intervino y de la que fue secretario.
Kant le ayudó a filosofar con libertad y desde la humanidad. De él aprendió una importante lección: no se enseña “filosofía”, sino a “filosofar”, que puso en práctica enseñando a varias generaciones de estudiantes y profesores. Bloch le invitó a transitar por las sendas de la razón utópica y la filosofía de la esperanza a sabiendas de que “la razón no puede florecer sin esperanza; la esperanza no puede hablar sin razón”.
Intelectual no dogmático, hombre de diálogo, filósofo del sentido, cristiano ilustrado, Caffarena defendió la plausibilidad filosófica de la fe en Dios, al tiempo que hizo una crítica racional de la religión no con voluntad iconoclasta sino con intención purificadora de sus elementos espurios. ¡Excelente contribución a la religión y a la religión!
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